domingo, 11 de junio de 2017

LOS BARCOS REGRESAN MAÑANA




 LOS BARCOS REGRESAN MAÑANA

Al otro lado de los ventanales la oscuridad de la noche todavía estaba presente. El viento parecía haberse calmado un poco. A lo lejos, la negrura del mar se confundía con el cielo, y la silueta del horizonte había desaparecido. Tan solo algunas pequeñas luces, alejadas de la costa, centelleaban débilmente; como a punto de apagarse. Como otras tantas veces en los últimos años, Marie se había asomado a la puerta de la cocina aquella madrugada.
― ¿Cuánto tiempo estaréis fuera esta vez? ―preguntó―.
― Tal vez, veinte o treinta días ―dijo Frank, su marido―. La pesca en el Norte es ahora intensa y hay que aprovechar, ya conoces.
― Estate tranquila mamá―respondió su hijo David―, que ultimaba con el padre las últimas cosas que meter en el petate. No es la primera vez que salimos a faenar tantos días.
― Lo sé ―respondió Marie―. Ven aquí, dame un beso y un abrazo.
Se despidieron en el umbral de la puerta de casa. No salgas ―le dijo Frank―, la noche está fresca. Súbete ya a descansar, no vaya ser que la niña se despierte. Tras un beso, le dijo: ‘Te llamaré para ir contándote’.  Marie los vio alejarse, caminando de espaldas a ella. Siempre tenía la misma sensación; no habían salido, y ya deseaba que estuviesen de vuelta. Camino del puerto, en la alargada cuesta, padre e hijo, se fueron haciendo diminutos hasta que las últimas luces dejaron de iluminarlos y desaparecieron. Al cerrar la puerta de casa, a la entrada, sobre una cómoda, Marie encendió una vela a la Virgen del Carmen.
Fueron pasando los días y Marie, como en otras ocasiones, fue adaptándose a la rutina diaria. Alguna tarde, de vez en cuando, cuando venía de recoger a su hija del colegio, solía parar a merendar en el bar de Lucrecia. Allí saludaba y conversaba con varias amigas antes de volver a casa. Algunas de ellas también tenían a sus maridos pescando en alta mar.
‘¿No sabemos nada aún?’ ―preguntó una de ellas―. Hace una semana que no sabemos nada. Desde la última comunicación que tuvieron con la central del puerto, no se ha vuelto a saber de ellos ―dijo otra―. Bueno chicas, no os preocupéis, la última vez que salieron a faenar estuvimos sin noticias de ellos durante quince días, estarán bien. Marie las miraba con la misma sensación de preocupación que ella apreciaba en sus rostros. Todas sabían que por muy grandes que fuesen esos buques congeladores y por muy rudos y fuertes que fueran sus hombres, el mar en esas zonas era un lugar peligroso no exento de riesgos. ‘Dios no quiera que les ocurra nada’ ―contestó la que parecía más joven en el grupo―.
En cierta forma, todas tenían muy presente desde hacía cuatro meses la tragedia que acaeció al buque de pesca Zadjwa en el Atlántico Norte. ‘Anda, ―respondió Marie― no seas gafe, es mejor no pensar en esas cosas’. La televisión del bar estaba encendida y anunciaba la previsión meteorológica de los próximos días. Tras los cristales del bar, Marie miraba el cielo. Podía ver como éste se iba cargando de nubes con mayor intensidad. Para la costa oeste se anunciaba de un fuerte temporal y mar gruesa.
De noche, ya en su casa, justo después de recoger y acostar a su hija, Marie pasó al salón para sentarse a leer un rato antes de irse a dormir. ‘Otra vez esta asquerosa lluvia’ ―pensó―. Había empezado a llover y en los cristales de las ventanas, las gotas de lluvia hacían su presencia golpeando con un vivo repiqueteo. En solo un instante, recordó las serenas palabras de Frank; ‘Te llamaré para ir contándote’. Marie mantuvo por un momento esta conversación consigo misma, quizá para calmarse, o tal vez, para pensar en que siempre había ocurrido lo mismo. Escucharse a sí misma, repitiendo las palabras de Frank, era como reafirmar la conversación de hacía dos semanas. Pues sabía, como en otras ocasiones, que él había prometido llamarla y casi nunca lo había hecho. Era como lanzar palabras al viento, quién sabe si con el propósito de mantener como real el único recuerdo de ese adiós con la mirada clavada en sus ojos. Siempre igual ―pensó engañada―.
Pasaron diez días desde la última merienda en el bar de Lucrecia, y una tarde, estando Marie en casa, sonó el teléfono. Solo lo hizo durante breves segundos, para luego quedar en absoluto silencio. Marie había oído la llamada, pero cuando fue a descolgar, el teléfono ya estaba en silencio. Afuera, la tarde se había despejado. Desde el jardín de la casa podían oírse los graznidos de las gaviotas y las bocinas de algunos barcos, que a lo lejos, entraban o salían del puerto. Al cabo de un rato, volvió a sonar el teléfono. Esta vez sí le dio tiempo a descolgarlo. Era Sofía, una de las amigas.
― Tengo noticias de Juan, mi novio. Se le oía muy mal, pero me ha dicho que en el barco están todos bien. Tuvieron un fuerte temporal y parte de las comunicaciones se les vinieron abajo’―.
― ¡Gracias a Dios que están todos bien! ― contestó Marie―. ‘¿Te ha dicho cuándo vuelven?’.
―Sí. Me ha dicho que si todo va bien, los barcos regresan mañana y que en cinco días, podrían estar entrando por la bocana del puerto.

lunes, 24 de abril de 2017

ROBINSON





ROBINSON


Me llamo Adam Carter, soy de Hope Cove, al sur de Thurlestone, Inglaterra. Mi padre y mi abuelo, eran marinos, como mi bisabuelo y su padre, mi tatarabuelo…
Así comenzaba una novela que leí hace poco. Su novel escritor, se llamaba John Porter. Eso me hizo recordar que en cierta ocasión, mi abuelo me contó que a un amigo suyo, llamado Gerard y a su hijo Jean, se los tragó un temporal y acabó con sus vidas. Hay historias que jamás se separan de uno toda vez que las ha conocido o vivido, también en cierta forma, pero no ya del todo como propias, cuando uno las ha oído o se las han contado otros. Siempre, las que uno ha vivido, esas, te acompañan y el tiempo, a veces, las va modulando, como lo hace el mar con los acantilados, hasta forjarlas más difusas, quizá veladas, tal vez incluso, para borrarlas temporalmente. Sin embargo, las otras, las que han sido contadas u oídas, esas, permanecen inalterables tal y como te las contaron o las oíste. Como si ese mar no las hubiese tocado, ni erosionado. Como si el tiempo no hubiese pasado por ellas y tal vez, quisiera parecer que hubiesen ocurrido ayer, para no ser olvidadas nunca, ni ser alteradas por quien las oye.
Así es como algunas conversaciones se mantienen en el tiempo inalteradas para quien las escucha y vuelven a ser recordadas pasados los años. Como yo recordaba, o quiero escribir ahora a propósito de ciertos libros leídos o vistos en la infancia.
¿Un libro? Mejor llévate dos o tres, o los que tú quieras. A tu edad puedes leer tanto como desees. La única condición que te pondré para que puedas llevártelos, es que una vez los hayas leído, vengas a verme y hablemos de ello. Eso, permitirá que puedas llevarte otros.
Esa fue la respuesta de mi abuelo cuando le pregunté acerca de si me prestaba un Robinson Crusoe de Ramón Sopena que había visto en su Biblioteca. Tendría yo diez años por entonces y aquella portada me había apasionado. Un hombre caminaba sosteniendo en su mano derecha un paraguas para protegerse del sol, mientras conversaba caminando con un hermoso perro. En la espalda llevaba una cesta y en el hombro, colgada, una escopeta. En la cintura una pistola y a un lado, una especie de serrucho, con dos bolsas anudadas. La imagen del perro era de auténtica empatía con su amo. La mirada, hacia arriba, me indicaba su plena atención y obediencia, como entendiendo todas las palabras de la conversación. La escena se desarrollaba con el mar como fondo y la frondosa vegetación de lo que podría ser una isla.
 Más tarde descubriría que el mar, siempre el mar, estaría presente en la vida de este muchacho; como ya prácticamente lo sería años después en mi vida de joven lector y antes lo había sido en la de mi abuelo y también mi padre, así como con posterioridad a los catorce años, lo supe de Gerard, su hijo, y otros tantos marineros que sobrevivieron o murieron en el mar.
 A los once años un niño tiene una imaginación prodigiosa y esa manera de ver a Robinson persiguiendo sus sueños para convertirse en marino, me hizo ver o creer, que el mismo sueño, al poco tiempo, le traería su desgracia. Después vinieron otras lecturas, otras interpretaciones, porque desde aquel día en la biblioteca de mi abuelo también fueron incorporándose a un mi mundo exclusivo, un sinfín de aventuras (La Isla Misteriosa, Los Tres Mosqueteros, Miguel Strogoff, El Corsario Negro, Sandokán, Viaje al Centro de la Tierra, etc.). Ese mundo único, en el que yo era testigo de lo que ocurría y lo que podía imaginar de la mano de Robinson, me hizo creer siempre en que todos aquellos marinos náufragos que desaparecían y que por una u otra razón perdían su rumbo y sus barcos en el mar, terminarían siempre en una isla donde sobrevivir como el héroe de mi primera novela de aventuras. Así se lo contaba yo a mi abuelo, mucho antes de entender la vida como tragedia y sin saber todavía nada del mar, ni de la vida en general. Como queriendo dejar claro que prefería confesar esa idea de salvación para mis héroes y no dejarlos que se murieran ahogados en el mar, sin ninguna esperanza. Así se lo decía yo a mi abuelo, como años más tarde el me contaría lo de su amigo Gerard y su hijo, para que no fuese inalterada la idea de poner a salvo a mis héroes, dándoles una tierra a la que llegar. Ya de mayor descubrí que frente a las adversidades, no había que temer las ausencias. Que frente a tus sueños, si querías conseguirlos, debías luchar por ti mismo, recordando eso, lo frágil que es la vida y lo que nos hace más fuertes, quizá más sinceros, o tal vez, más valientes.

viernes, 17 de febrero de 2017

La Promesa


La Promesa


Hace ya algunos años que aquel hombre me contó su historia. Se llamaba John Landvik. Después, ya nunca la olvidé. En verdad resulta asombroso, quizá excepcional, ver como el tiempo modula nuestra existencia y la va concretando en pequeñas imágenes que resultan ser eso, fotogramas llenos de vida. Momentos vencidos de casualidades, de pasiones, de tristezas, de confesiones, en definitiva, de amor.

Por aquel entonces, mi trabajo consistía en mirar y captar con fotografías los Faros del paisaje marítimo. La empresa editorial para la que trabajaba quería relanzar una nueva guía y para eso, necesitaba actualizar su obsoleto archivo. Eso también incluía a las personas con las que de vez en cuando coincidía. Personas que casi siempre, por una u otra razón, accedían con interés a visitar los Faros costeros y que más tarde, yo elegía para mis propósitos profesionales. En contadas ocasiones solía pedirles, dependiendo de la hora y la composición del lugar, que posaran para la foto. Algunos ponían cara de preguntar para qué y les explicaba que eran imágenes para una guía de turismo, siempre como algo anónimo. Algunas aceptaban y accedían al encargo. Sin embargo, otras, a cambio me pedían dinero y claro está, yo no aceptaba, prefería esperar o sacar las imágenes sin ellas.

Corría el mes de abril cuando conocí a John Landvik. Fue en el Faro del Albir. Aquel día había subido algo más temprano de lo habitual. El día apuntaba despejado. Me gustaba contemplar los paisajes con las primeras luces, ya desde arriba. La subida al faro, no era exigente. Desde el pueblo, a un paso normal, en poco más o menos de una hora de marcha estaría en la base del Faro. Recuerdo la mañana fresca y con una brisa húmeda, haciendo que la sensación térmica fuese mucho menor. De vez en cuando, el camino me permitía ver tramos del horizonte pegados al mar. A medida que ganaba altura, podía ver ya algunos barcos navegando en dirección Sur a la isla de Tabarca. Éste, como otros, resulto ser un paisaje fascinante. Percibía los vertiginosos y aéreos acantilados que con más de trescientos metros, caían cortantes al vacío. Desde lo alto, el cielo cambiaba del magenta al anaranjado con una intensa tonalidad. Cuando llegué arriba para asomarme a la baranda del mirador, me encontré con la única persona que había en el lugar. Llevaba en las manos un ramo de flores. Nos saludamos. El hombre tenía el pelo cano. Me fijé en sus ojos claros, de color azul y en su barba dispersa, nívea. Su acento me hizo situarlo en Europa, muy al norte. Calculé su edad en unos setenta y cinco años. Su cuerpo admitía una antigua complexión atlética y sus manos, fuertes, estaban teñidas de moreno por el sol.

―Buen día ―le dije―. Maravillosas vistas, ¿verdad?

―Buenos días. Y que lo diga. Formidables ―contestó―.

Durante un rato, ambos guardamos silencio mientras contemplábamos el viejo Mediterráneo.

― ¿Qué le trae por aquí? No es frecuente a estas horas encontrarse a nadie ―pregunté―.

―Bueno, es una larga historia de contar. Desde luego, mi visita a este lugar seguro que no tiene relación con lo que Vd. viene a hacer aquí, lo digo por el aparataje que trae. ―contestó―.

―Seguro que no. Soy fotógrafo. ―le dije―. Ahora me dedico a fotografiar Faros para una editorial. ¿Y Vd.? ¿Qué hace con esas flores?

―Hace muchos años que subo a este lugar. Ahora, desde que murió mi mujer, subo una vez al año. Las flores se las traigo a ella, en recuerdo―.

―Lo siento mucho―dije―. El hombre miraba el mar con atenta lentitud, como con cierta nostalgia.

―Hoy me ve Vd. aquí, por pura casualidad de la vida―dijo―. En realidad, llevo subiendo todos los días 14 de febrero desde hace diez años, el tiempo que hace que murió mi mujer. Pero este año me puse enfermo y no pude. Hace poco que he salido del hospital. Ya ve, así son las cosas cuando uno va envejeciendo―.

―Tiene Vd. buen aspecto ―dije―. Me miró y me sonrió, como dándome las gracias. ¿Por qué este lugar y todos los 14 de febrero?  ―le pregunté―.

―En este lugar, hace treinta y ocho años, conocí a la que más tarde se convertiría en mi esposa ―contestó―. De alguna manera, aquí nos juramos amor eterno. Para mí resultó ser la promesa más auténtica de mi vida. Casualidad fue, que a pesar de que el 14 de febrero se celebrara San Valentín, ese era el día en que nació mi mujer, su cumpleaños―.

―Hermosa coincidencia ―dije―.

―Sí. En cierta forma, todas las fechas tienen siempre alguna coincidencia en las cosas de la vida. Cuando vinimos a vivir a esta zona, con el buen tiempo, nos gustaba subir hasta aquí dando un paseo desde el pueblo y recordar otras épocas. A ella le gustaba este lugar―.

―Sí. Es un hermoso lugar. Mi nombre es Roberto, no se lo he dicho. ¿Le importaría que le fotografiase junto al Faro para incluir esta imagen en mi guía? Para mí sería un placer. ―dije―.

―Oh! Por supuesto, no tengo inconveniente. Tampoco yo me presenté, me llamo John Landvik. ¿Dónde quiere que me ponga?

Aquel día, fotografié con mi 28mm a John Landvik. Le pedí que apoyara sus manos en la baranda, en una de ellas sostenía el ramito de flores. Mirando al mar, erguido, un poco separado del pequeño corredor, justo con el Faro a un lado, detrás. Le tomé su dirección para enviarle una copia en cuanto dispusiera de ella. Desde entonces, yo no he vuelto por aquel lugar. Nunca tuve más noticias, ni siquiera sé si aún vive. Ahora con los años, cada vez que visito un Faro o subo a cierta altura para visitar el mar, siempre me viene al recuerdo o lo imagino caminando con sus flores para cumplir su promesa.

viernes, 30 de diciembre de 2016

El Puente


Los chicos del lugar volvían de jugar cerca del puente de piedra. Siempre bromeando, con carreras y empujones, al grito de quién llegaba antes. Otras veces, clamando con un ruido comparado al de una bandada de cornejas pasando por la cruz del campanario.
En la plaza, cerca de la iglesia, y sentado bajo la sombra de un olmo, estaba Germán Palacios. Germán Palacios era el más viejo del lugar. Cumpliría esa Navidad ochenta y nueve años, tenía los ojos alegres, las manos temblorosas y el pelo blanco. De pequeño fue cabrero; de joven, soldado en África. Más tarde, cultivó una pequeña parte de las tierras que heredó de sus padres, y cuando las fuerzas le empezaron a flaquear, se dispuso a esperar la muerte, a la que nunca deseaba, ni temía. Nadie en el pueblo contaba historias como Germán, ni traía a cuento de manera tan oportuna refranes o graciosos chascarrillos.
Los chicos, al verlo, aceleraron su paso, y cuando llegaron a la plaza por el camino del puente, le pidieron que les contase una historia antes de volver a sus casas, pues, no faltaba mucho para que la noche cayera sobre el pueblo.
Germán Palacios, se echó a reír mientras escuchaba su petición. Los chicos se sentaron en círculo, y al rato, el anciano comenzó a decirles:
―Aunque recuerdo muchas historias, hoy no os contaré ninguna, pues la tarde está avanzada y no tendría tiempo de contaros lo que guardan. Lo que si haré, es daros un consejo.
― ¡Un consejo! ―dijeron los chicos, algo desabridos―. Nosotros no queremos consejos, queremos que nos cuente alguna de esas historias, como la del camino del puente de piedra.
―Cualquier día os cogerá la noche en aquel lugar. ―contestó Germán Palacios―.
                Germán Palacios dijo estas palabras con una voz tan repleta de misterio, que los chicos abrieron los ojos atemorizados para mirarlo, y, con mezcla de curiosidad y guasa, le dijeron:
                ― ¿Qué ocurre con la noche en aquel lugar? ¿Lo dice por los lobos?
                ―Cuando la sierra de Guadarrama se viste de nieve, los lobos, expulsados de sus escondrijos, bajan en tropeles por sus laderas, y más de una vez los hemos oído aullar en bullicioso concierto entorno al puente de piedra, incluso en las mismas calles del pueblo; pero no son los lobos lo más temible de este lugar. En las profundidades de esta montaña, viven unos espíritus diabólicos que durante la noche bajan a escondidas por los llanos, y saltando de pedrusco en pedrusco, llegan hasta las desnudas ramas de los árboles del puente de piedra, y allí, esperando la noche, se deslizan sobre sus aguas.
Tras la guerra, muchos espíritus se refugiaron en las cumbres de esta sierra y a nuestros ojos se envuelven de formas variadas. Los más peligrosos, sin embargo, los que confunden con susurros y preciosas palabras a los chicos como vosotros, son los llamados duendes negros. Estos duendes son oscuros, conocen los caminos profundos y, como inmortales avaros de los tesoros que encierran, están siempre ahí, velando día y noche junto a los manantiales de los metales y piedras preciosas. ¿Veis ―dijo el anciano, señalando con el bastón que le servía de sostén, la cumbre del Guadarrama, que a su derecha se levantaba oscura y enorme tapando el cárdeno cielo―, veis esa gigantesca mole de nieve? Pues en su mismo corazón tienen su morada esos diabólicos seres. Su refugio es horrible y majestuoso a la vez.
― Hace muchos años un mayoral, siguiendo el rastro de una ternera perdida, entró en una de estas cavidades cuyas entradas están cubiertas de espesos matorrales y con final desconocido. Este vaquero empalideció como la muerte, al revelar el secreto de estos malignos espíritus, había respirado su envenenado espacio y pagó su atrevimiento con la vida; pero antes de morir relató sucesos asombrosos. Andando por aquel lugar, encontró largos subterráneos iluminados por rocas de grandes pedazos de cristal condensados en millones de formas inconstantes y raras. Las bóvedas y las paredes de aquel lugar, parecían coloreados como los jaspes más finos. Allí había rubíes y diamantes, oro y plata atravesando las galerías. El silencio en aquel lugar era absoluto, tan solo un murmullo de aguas ausentes. Perdido en aquel lugar, anduvo durante horas sin encontrar por donde salir. Disimulados en aquella frondosidad había seres extraños, mezcla de hombres y reptiles, deformados, que de un lado a otro, se movían o se encaramaban a las paredes. Contó el vaquero que los vio contando sus inventadas riquezas. Ellos conocían el lugar en donde se perdían las monedas que otros no encuentran, las joyas de nuestros antepasados, olvidadas y ocultas como antiguos tesoros. Allí, todo brillaba haciendo saltar chispas y reflejos, como un sueño ardiente.
Al llegar aquí, Germán Palacios se detuvo. Los chicos, en profundo silencio, le miraron expectantes.  Al rato, uno de ellos le preguntó;
― ¿Y el pastor no cogió nada?
― Nada ―respondió Germán Palacios.
― ¡Que idiota! ―dijeron los demás.
―Las campanas de la Iglesia de San Miguel ―continuó el anciano―, fueron las que le salvaron, pues cuando tenía a su alcance suficientes joyas como para que la avaricia disipara su miedo, y a pesar de los sonidos subterráneos, las voces de los espíritus, los sonidos de las aguas subterráneas y los lamentos del aire, oyó el clamor de las campanas de nuestra iglesia. Arrodillado, invocó clemencia a su Virgen y sin saber cómo, se encontró fuera de aquellos lugares, tumbado con gran letargo en la senda que conduce al pueblo, en el puente de piedra. En ese lugar, llegada la noche, a veces se oyen palabras confusas, engañosas, que los espíritus vician intentando seducir a los incautos que creen en las promesas de tesoros.
Cuando Germán Palacios dio fin a su historia, ya la noche había entrado y la campana de la iglesia empezó a sonar. Los chicos se levantaron y al despedirse de Germán Palacios, éste les aconsejó que no anduvieran de noche en el camino del puente por ser traicionero.


lunes, 28 de noviembre de 2016

Nombre de Mujer

Nombre de Mujer


             Aquel otoño, Teresa, como así le gustaba que la llamaran, en vez de Teresita, que era el nombre que usaba Marc, su marido y que tejía en ella malos recuerdos, no sabía muy bien a lo que se enfrentaba. Pensaba en soledad, como en otros difíciles momentos de su vida. De como ésta, había transcurrido con más sinsabores que alegrías. Aquella tarde, Teresa se encontraba sentada frente a la puerta de una consulta médica, en donde un cartel de color azul celeste delimitaba en letras negras el nombre del Dr. César Torme, Especialista en Oncología. En la sala de espera se encontraban otras dos mujeres que, al igual que ella, levantaban de vez en cuando su mirada hacia la puerta, cuando alguien pasaba por delante o se oían voces en el pasillo.

            Hasta que fue nombrada por el Dr. Torme para entrar en la consulta, transcurrieron veinte minutos. A Teresa, aquel tiempo de espera le pareció una eternidad. Un tiempo delimitado por la delgada línea entre lo bueno y lo malo. En su memoria, se agolpaban a chorros un montón de imágenes de su vida. Abstraída, apartó los ojos de la lectura que tenía entre las manos, cerró el libro y se quedó mirando a través del único ventanal de la sala de espera. Que hermosa es la vida, y que injusta y efímera se hace mientras caminas entre rosas y espinas. –pensó–.

            Cuando yo la conocí, Teresa trabajaba como empleada de hogar en mi casa. Y por lo pronto que supe después, su vida había sido un desafío constante. De niña, en Bolivia, su país de origen, soportó los malos tratos y las vejaciones a las que muchas mujeres estaban expuestas. Años más tarde, sus padres fallecieron en un trágico accidente de coche y ella fue a parar a España junto con sus tíos y primos. Siendo ya una mujer y cuando la vida empezó a sonreírle un poco, pues tenía trabajo y familia que la quería, Teresa tuvo la mala suerte de casarse con Marc, un malnacido que la había prometido voto eterno de amor y de respeto. A raíz de aquello, su vida se convertiría en una farsa. Pues, el tal Marc se gastaba los ahorros en el juego y en mujeres, perdiendo con frecuencia su trabajo de electricista a causa de las borracheras que cogía. Teresa se convirtió en una víctima, aún mayor, en el momento en que se quedó embarazada de Marc. Pero a pesar de ello, el amor ciego de una mujer sincera y con sentimientos, permitió no deshacerse de la que más tarde sería la única ilusión en su vida, su hijita Celia. Después de varios meses sin trabajar, Teresa cambió su trabajo fuera de casa para trabajar como pinche de cocina en un hotel y así, ganar algo más de dinero. Tras aquello, “el ruso”, como así le apodaban en el barrio, siguió menospreciándola, hasta que un día la bronca fue tan grande que la pegó una paliza y tuvieron que intervenir la policía y los servicios sociales. Tras aquel incidente, los primos de Teresa juraron venganza, aunque nunca llegó a producirse de ese modo. Pues, a veces, la vida hace justicia y un día quiso que así fuese. Contaron que Marc se encontraba trabajando en una obra y que la fortuna muerte, le sonrió cuando se electrocutó montando cables para una instalación eléctrica.
           
            A Teresa le dio tiempo a recordar todo eso y más, mientras esperaba ser llamada para entrar en la consulta. El teléfono que llevaba dentro de su abrigo color morado, empezó a sonar. Al mirar la pantalla, vio el nombre de Celia, su hija. Para ella siempre sería su “niñita”, la existencia por la cual su vida cobraba sentido.

–Mamá, ¿Cómo está?–.
–Hola Celia, hija. Estoy bien. Y Ustedes, ¿Cómo van?–.
–Bien, mamá. ¿Ya le dieron los resultados de sus pruebas? Tengo tantas ganas de verla. No pude ir para España. En este nuevo trabajo, no tendré permiso hasta dentro de un mes. Y los vuelos desde Australia son caros, ya sabe Vd. –.
–No te preocupes, hija. Hoy me dan las pruebas. Estoy ahora en la consulta–.
–Tengo que darle una buena noticia–.
– ¿Sí? ¿Cuál, hija mía?–.
–Pues que va a ser Vd. Abuela–.
– ¡Que alegría más grande me das, hija mía! En ese mismo instante, el Dr. Torme llamó a Teresa. –Te tengo que dejar, me están llamando para entrar en la consulta. –dijo–.
–Bien, luego la llamaré para ver que le dijeron. Besos, mamá–.

            Cuando Teresa entró en la consulta, saludó al doctor y la hizo sentar en la silla, delante de su mesa.

–Hermoso nombre de mujer tiene Vd., Teresa. ¿Qué tal se encuentra? –preguntó el doctor–.
–Muy contenta, voy a ser abuela. –dijo–.
–Eso es una excelente noticia. Mire, Teresa, ya tenemos los resultados de su biopsia. Tiene Vd. un tumor en la mama derecha y en la izquierda, los resultados no son muy concluyentes. Algo inespecíficos. –dijo–.

            Aquellas palabras sonaron a lo que jamás hubiese deseado nadie como Teresa. Las lágrimas recorrieron sus sonrojadas mejillas. Lloraba por su soledad frente a la enfermedad, por si aguantaría el tratamiento, por si sería fuerte en los momentos duros, por si vería el nacimiento de su nieta. Lloraba por un sinfín de preguntas sin respuestas. Por haberse enamorado de la vida y cobrar esa mala propina que te regala.

            Teresa se propuso un reto y sobrevivió a su cáncer de mama para llegar a conocer a su nieta Leonor. O al menos, los que la conocimos, creímos eso. Pero no así, a la metástasis que tuvo en el pulmón y que tiempo después, acabó con su vida. Hay cosas que uno ya no olvida nunca, como la sonrisa de Teresa frente al dolor. 

martes, 30 de agosto de 2016

Nos vemos a la vuelta.

Nos vemos a la vuelta
Por Juan Pedro Iglesias García - @jiglesiasgarci 
#Relatosdeverano en @zendalibros
No hace demasiado tiempo que ocurrió aquella historia -veinticuatro años ya de aquel verano de 1992-. Es sorprendente como la memoria regurgita, como en las malas digestiones, todos aquellos sucesos dañinos ayudándonos a comprender nuestra existencia y la de aquellos que nos han acompañado en nuestras vidas. Así fue el caso de mi amigo Pablo Cortés, mi amada Celia San Juan y yo, Diego Cruz.
Pablo y yo éramos dos jóvenes universitarios veinteañeros y como nosotros, existirían otros Pablo, Celia y Diego, tratando de vivir sus vidas, con dinero o sin él, trazando líneas de supervivencia y tomando, o no, decisiones como la que yo tomé aquella tarde de verano y que jamás olvidé. Quizá, porque las ausencias inesperadas son siempre trágicas y no estamos preparados para aceptarlas.
En aquel verano, la guerra en la antigua Yugoslavia hacía estragos y asistíamos atónitos a las imágenes de la prensa y los informativos. Una guerra, como todas las demás, en donde el hombre era un depredador sádico y sin escrúpulos, con la bandera de la infamia y la crueldad ante los ojos de la ONU y del mundo entero. Con esas imágenes, acompañado de hermanos y sobrinos, me fui de vacaciones a una casa que tenían mis padres en la sierra.
Éramos cinco hermanos, de los cuales dos ya estaban casados, con niños y responsabilidades que a mí me quedaban muy lejos. Siempre pensé que convivir sin amor era una tarea aniquiladora. Para ser amado, ama -leí en Holbach-. Y esa era la máxima que observaba en mis padres, con toda su independencia y esas cosas. Jamás entendí esas parejas que siendo ya infelices, se casaban para estar discutiendo toda la vida. Un amor así era una cárcel, un centro de exterminio de parejas que morían en vida, desgastadas por la inseguridad y los temores. Los constantes reproches y anulaciones acababan por convertir la relación en algo asfixiante, insoportable. Por aquel entonces, yo veía así a mi hermano Arturo. Como un pávido infeliz, sufriendo y sin la valentía suficiente.
Pablo se vino con nosotros a pasar unos días, teníamos amigos en Galapagar. Fue en la casa de la sierra donde conocimos a Celia San Juan. Una mañana de piscina, en un saludo con la familia. Era la mujer de un ingeniero, conocido de mi padre y que pasaba algunas temporadas allí. —No me digas que no te gustaría conocerla mejor— me dijo Pablo. No me jodas —le contesté—. ¿No te has dado cuenta de las miradas que te ha echado? —Venga tío, ¿qué has bebido?, le dije, mientras sonreía—. Ja… No te ofendas amigo, a esa mujer le has gustado y ella a ti también. Mi incómodo silencio me delató.
Pasamos dos semanas inolvidables. Recuerdo que a Pablo y a mí nos gustaba en la hora de la siesta tumbarnos bajo los plátanos mirando las hojas moverse con el aire hasta quedarnos dormidos. No digamos las partidas de ajedrez o bajar al río. Cuando Pablo y yo nos despedimos, me preguntó —¿Vendrás este año a la fiesta de Marta?-. ¿Cuándo es? –dije-. Dentro de un par de semanas –respondió-. Creo que sí, -contesté-, tengo que ayudar a mi hermano con un asunto de la tienda. Nos llamamos. Perfecto –dije-. Nos dimos un abrazo y lo vi marcharse en su Peugeot 205 rojo.
Esa misma mañana coincidí con Celia en la piscina. Hablamos de Literatura, de música, de cómo conoció a su marido en Cuba y lo que hizo cuando llegó a España, de su vida en general. Por la tarde, yo estaba en su apartamento bebiendo cubalibres de ron, bailando abrazado a ella y haciendo el amor hasta la extenuación. Así durante una semana, antes de que su marido llegara de viaje. Caí como un idiota en las garras del amor y ella me daba mil vueltas en todo.
Más tarde, en aquella fatídica noche, me di cuenta de que yo había sido un entretenimiento para ella, que había abrigado su vida por unos días. Dos semanas más tarde, llegó el día de la fiesta de Marta. Pablo ya sabía lo de mi relación con Celia y le dije que si había algún problema en que ella viniese. —Que preguntas tienes, - me dijo-. Días antes había persuadido a Celia para que viniese. Aquella tarde le pedí a Pablo que pasara a recogerla. Yo no podía ir, llegaría más tarde por cuenta de la obra en el negocio de mi hermano y para no levantar sospechas, habíamos quedado en El Colmao, un bar del pueblo. —Si hay algún imprevisto llámame a la tienda y no la hagas esperar –le dije-.
Había quedado con Celia a las nueve. Jamás se presentó. En su lugar, Pablo me leyó por teléfono una nota que había dejado en un sobre al del bar: “Lo nuestro, entenderás, es imposible. No me busques. Me voy con Luis a Australia. Besos. Celia”. Fue como esos golpes en el bajo vientre que te dejan sin aire. Casi no pude articular palabra. —Amigo, no puedo contarte más. -me dijo Pablo-. Nos vemos a la vuelta, en la fiesta. Tranquilo. Adiós.
Esa fue la última vez que hablé con Pablo. De regreso a Galapagar, se salió en una curva y se mató al estrellarse contra un árbol de la carretera. Un día la volví a ver, tras el cristal de un coche, en la Gran Vía. Después, nunca supe nada más.