jueves, 24 de agosto de 2017

Zenda, Un año de libros

Zenda, un año de libros

Zenda, Un año de Libros
 
Hace un año que Arturo Pérez-Reverte nos dibujó un espacio, que en el imaginario de Zenda y rindiendo homenaje al género de la capa y espada con la novela de Anthony Hope, sería, como bien lo definió, “un territorio de libros, amigos y aventura”. Esa especie de “legión extranjera de libros y autores" como nos relató, ha fraguado un mundo literario de lo mejor del panorama nacional e internacional. Una apuesta para los amantes de la lectura que supone un verdadero referente en la Literatura universal.Ir a Zenda ha resultado ser la mejor de las aventuras; permitiéndonos acudir como lectores a la serenidad de las palabras mediante la lectura. Un territorio en el que los sentimientos, la naturaleza, la aventura, la ficción y la cruda realidad con su compleja cotidianeidad, tienen cabida en el cajón de los escritores que frecuentan ese lugar. No debe haber prejuicios para quien quiera acudir a Zenda, tan solo interés por la lectura y al menos, suficiente capacidad de compresión lectora. Las conclusiones, mejor siempre para después.Para viajar al territorio literario de Zenda es indispensable hacerlo de frente, me explico, sin obsesiones ni antojos, tampoco manías ni ofuscaciones, pues de lo contrario la magia del lugar desaparecerá y la aventura se habrá acabado.En estos cinco mil caracteres, no puedo referenciar todo lo que allí acontece ni lo que han hecho en un año, tampoco lo pretendo, ni tengo capacidad para ello; necesitaría espacio y conocimientos casi como para una tesis. Pero sí puedo contar; teniendo en cuenta a cada cual en sus gustos literarios, no estando obligado a tragárselo todo y que se puede elegir o no lo que a uno le interesa, que en la web de Zenda hay un espacio, entre otros magníficos, llamado Prisioneros. A mí me resulta sublime. Con un Blog colectivo de Ruritania, que recoge un elenco de maravillosos lugares infinitos, en el que los veintiséis escritores que allí residen, han sabido crear magistralmente una buena escritura y claro está, mejor lectura. A Zenda lo acompaña la calidad del trabajo fotográfico. Muy unido al espacio de imágenes, que por otro lado, ha sabido dibujar en el lugar de Actualidad, esa parte de las, tan bien cuidadas, entrevistas. Acompañan a este lugar los Concursos y los Viajes Literarios. Con este apartado sufro un poco, al no poder viajar físicamente a algunos de tan hermosos lugares. La ventaja resultará cuando pueda hacerlo y le añada al lugar, todo o parte de la literatura leída.No quiero, ni debo olvidar, Libros y Firmas. Donde recala todo el deseo de contar o denunciar. Con su Embajada de Redonda y Lo Profundo es el Aire. En donde, desde el Callejón de los Piratas, vas a La Cantina del Calvo y a los Divitos y Literatos, entre Libros y Susurros, o el Bar de Zenda con las lúcidas Patentes de Corso. Todos ellos y otros tantos espacios que omito, donde el amor y el sufrimiento se besan.En Zenda, Arturo Pérez-Reverte ha sabido crear con una belleza inteligente ese mundo literario tan necesario para todos. La naturaleza pasional de Ruritania se envuelve entre lo mejorcito de nuestro talento de las letras españolas y del otro lado del charco, nada menos que cuarenta autores que escriben sabiendo lo que se hacen. Felicidades a todos ellos por este año de aventura. Y en especial, siempre, desde hace años, mi agradecimiento al amigo Arturo Pérez-Reverte, sin el cual, gracias a sus consejos, no hubiese empezado a escribir.NOTA: No dejen de visitar el Mapa Web de Zenda, encontrará los siete escudos de Ruritania. http://www.zendalibros.com/

miércoles, 23 de agosto de 2017

VESNA



VESNA 
por Juan Pedro Iglesias García @jiglesiasgarci


Ha pasado ya bastante tiempo desde que Vesna y yo nos conocimos. Lo que más tarde se interpuso entre nosotros, y también, lo que ninguno de los dos pudo ver, por estar oculto y ser desconocido, no lo deseábamos. Sólo atañe al reconocimiento, el tiempo de la amistad y del amor. En ocasiones, no imaginamos como de tristes pueden llegar a ser aquellos sucesos que no esperamos, mucho menos, que no queremos. Recuerdo como la guerra de Bosnia siguió ocupando durante mucho tiempo los telediarios y la prensa. Fueron tiempos remotos para la paz y el amor. Al otro lado, en la Europa del este, se libraba la mayor de las infamias. El odio y la crueldad se retroalimentaban con la sangre y las bombas. En contra de lo que les ocurría a otros, a mí me resultaba imposible mirar para el otro lado. Ser insensible me convertía en cómplice y mis sentimientos no lo soportaban. Recuerdo que llegué a conocer compañeros de mi entorno a los que esta guerra les era indiferente. Tal vez, se defendieran así de sus miedos. Las imágenes de una guerra resultan ser siempre un paisaje gris. Un fotograma constante de personas sin descanso. De aquellos años, aún conservo una carpeta con todos los recortes de prensa y fotografías que pude almacenar. Se adivinaba la inmediatez del dolor y el rencor, cual virus inoculándose dentro de los hombres. Yo por entonces tenía veinticuatro años y acababa de terminar mis estudios de arquitectura. Aunque pareciera extraño, durante bastante tiempo, estos acontecimientos no me permitieron pensar en mí mismo. Cuanto de paradójico resulta ver que en la guerra como en el amor, todo se diseña y se crea, pero también se destruye. Armas que desdibujan y borran toda ilusión.
Conocí a Vesna en aquel caluroso mes de agosto del verano de 1992. Según me contó, llevaba ya dos años en España, antes de que estallara la guerra en su país. Sus padres la habían enviado a España para terminar sus estudios con una beca de investigación. Ahora, todo aquello no es más que un recuerdo frente al mar. Donde el amor no se puede ocultar cuando existe. Como la tarde en que, abrazados, vimos por televisión las imágenes del incendio de la biblioteca de Sarajevo. Recuerdo como lloraba Vesna. Yo he estudiado muchas veces en ese lugar me dijo―. El hombre diseñaba entre el fuego, un mundo para hacer desaparecer su memoria. Definido por la destrucción y el borrado de aquello que no podía ser suyo. Y nosotros, asustados, renacíamos sobre las llamas del amor.
Vesna y yo éramos jóvenes. Teníamos ilusiones, y lo que es mejor, todo el tiempo por delante. A mí me gustaba el mar, aunque desconociese casi todo de él. Mi padre tenía un pequeño barco con el que solíamos ir a navegar. Recuerdo que la primera vez que debuté en una travesía tenía dieciocho años. Duró varios días. Navegamos de Alicante a Menorca y estuve vomitando la mayor parte del tiempo. A partir de ahora, dijo mi padre, ya nunca dejará de gustarte el mar. Así fue como navegar se convirtió en la mejor de mis aficiones.
Recuerdo a Vesna en muchos sentidos. Tal vez, porque aquellos recuerdos, los que conocí y supe vivir, en los que pude sentir, había una historia, unas reglas, o tal vez, esas ilusiones que el destino quiso dejar en eso, en el transcurrir de la vida. Vesna y yo nos conocimos como en las buenas películas, con una mirada. Mientras amarraba el barco de mi padre en el embarcadero, levanté la vista para mirar como bajaban de una lancha diverso material de buceo. Ahí estaba ella. Nuestras miradas se cruzaron y nos quisimos reconocer. A la salida del embarcadero nos saludamos y charlamos un largo rato. Me preguntó si me apetecía seguir hablando para después. Esa misma tarde, Vesna y yo habíamos quedado en el Ulises, un bar junto a la plaza de la iglesia. ¿A las ocho te va bien? –pregunté–. Sí, perfecto –contestó–, termino a las siete de dar clases de submarinismo.
Cuando oigo las campanas de una iglesia, su sonido me trae el recuerdo de Vesna. Ese eco lineal, imponía los silencios delimitando el huso horario entre los ‘gongs’. Marcaba el tiempo de aquel pueblo. Quizá el de nuestras vidas. Aquella tarde, sentado en la terraza del Ulises, vi subir a Paula por la calle Mayor camino de la plaza. Me di cuenta del éxtasis que su sencillez me producía. Vestía una camisa azul claro, unos jeans blancos y zapatillas rojas. Era muy hermosa. En su cara, sobre los pómulos, se asomaban unas sonrosadas pecas, que en contraste con los ojos azules imprimían seguridad y firmeza al rostro. Me gustaba escuchar voz. Su alegre acento lo endulzaba todo. Sonaba nítido, casi sinfónico. Volvería a ver sus ojos sonreír, extendiendo sus encarnados labios. Besarlos y tenerlos junto a los míos. Los míos, junto a los suyos. Suspirar y adueñarnos de nosotros mismos.
No pude ser más feliz aquel verano en compañía de Vesna. Aquella tarde, en el Ulises, como a lo largo de todo el verano, y con el azul del mar como cómplice de nuestras vidas, hablamos de nosotros, de nuestros temores, de nuestros sueños, de esos libros y películas que nos gustaban, de la maldita guerra, de sus estudios de arqueología, de los edificios que yo quería construir, en definitiva, de nuestros planes a medio hacer. Más tarde, cuando ya el otoño empezó a adueñarse de los restos del verano, un día Vesna empezó a encontrarse mal y algo cansada. Decidió acudir al médico y éste le mandó hacer unas pruebas. Al tiempo, le diagnosticaron un cáncer en la sangre, una leucemia. Le informaron que tenía mal pronóstico. Vesna luchó hasta donde pudo y en enero, se despidió de nosotros. Por eso, tal vez la vida, sólo fuera eso, un sueño y un temor.

domingo, 20 de agosto de 2017

Si no los quieres, no los tires: regálalos



De vez en cuando oigo a algunas personas de mi entorno que me dicen que me estoy haciendo mayor. Quizá estén en lo cierto, ellas también van creciendo en años y yo lo veo. Por eso, en mi caso, cada vez necesito menos cosas. Innecesarias a fin de cuentas. Hablamos de materiales cuando menos prescindibles.
Antes, cuando abría el armario de las tazas del desayuno, veía la cantidad ingente de tazas que nos gustaba tener allí. Ahora, cuando lo abro, muchos días pienso que todo es demasiado, que sólo voy a utilizar una para el desayuno. La medida de las cosas está en saber qué es lo verdaderamente necesario para nuestras vidas. Reconozco que nunca fui uno de esos consumidores compulsivos, huyo como gato del agua. Aprendí, también me lo enseñaron, que para vivir cómodamente has de meter en tu mochila lo justo y necesario. Valores, más que cosas.
A lo largo de nuestra vida vamos almacenando tantas cosas como sucesos, que por su propia durabilidad resultan innecesarias. Siempre hay un instante donde las palabras: "por si acaso, no lo tiro", funcionan. Otras, en cambio,  es la voz de un tercero la que te dice: "esto u otro, no me lo tires, que es para guardar" (aunque sepas que jamás se usará o se reutilizará por quien te pide que se lo guardes o para las personas a quien pudiera estar destinado).
Más tarde, a sabiendas de que todo estaba predestinado, decides deshacerte de muchas de ellas siendo consciente de que su utilidad está muy lejos de alcanzar dignidad. Cuando vives en familia, pasan estas cosas. Cada uno establece su escala de valores con cada cosa que ha de mantener o velar por que perdure. A veces, hay recuerdos que carecen de un valor sentimental, y que en la mayoría de las ocasiones trasciende a lo material. Yo tengo claro que jamás me desharía de mi biblioteca tirándola a la basura. Otros, sin embargo, no establecen esa escala de valores, cuándo están dispuestos a arrojar al contenedor del papel sus libros, o de quien carajo sean.
Y dependiendo del grado de lucidez o sentimiento, casi siempre yuxtapuestos, has de hacer un alto en el camino. De ahí, que el otro día me dispusiera a limpiar un pequeño trastero y acudiese, como en otras ocasiones, al punto limpio de mi pueblo. Suelo ir a tirar esos trastos inservibles de los que hablo: una plancha fundida de hace más de siete años que jamás usaré, ni arreglaré; un aspirador que echando humo negro, dio su último respiro diciendo adiós a esta vida; esas viejas sillas de cocina que se cambiaron en su día (yo no las hubiera cambiado) por otras con más estilo moderno... en fin, una serie de artilugios y cachivaches que en su triste destino acaban almacenados en la oscuridad. Que ya no miras como antes, ni siquiera contemplas o tocas. En definitiva, que no usas porque ya no te sirven para nada.
Casi nadie repara en el olvido que algunos objetos reciben. Cuán efímera convierten algunos su vida. Yo jamás tiraría mis libros, o los de otros. No me desharía de aquello que me ha ayudado a sobrevivir, que me ha acompañado durante este largo aprendizaje. Antes los regalaría, los donaría o los volvería a releer. Y eso es lo que me pasó en la zona del punto limpio donde se deposita el cartón y similares. Allí, en la máquina que lo engulle todo, me encontré varias cajas de libros que iban a ser pasto del destrozo.
El tipo que lleva el punto limpio es simpático. Está curtido de fuerza, tostado por el sol y la faena. Como andaba cerca, porque se lo huele cada vez que ve a la gente con cajas, sin detener la prensa del contenedor, se tiró a recoger los libros. Todo un héroe. Le digo que detenga la máquina si no quería quedarse sin piernas. Más tarde lo hace, después de haber salvado de la hoguera a varios libros. Me dice que la gente tira las cajas y se olvida de mirar lo que hay dentro. Puede ser, pero antes de echarlas al contenedor, hay que cogerlas y pesan, con lo que una miradita no estaría de más. En este pueblo hay mucho despistado, le digo yo. También que yo tengo biblioteca, que me gusta leer mucho. Que lo hago desde pequeño. Que leer es toda una satisfacción. Que los libros son sagrados y no merecen un destino tan cruel. Me cuenta que cuando detecta que hay libros, los retira para un amigo suyo que tiene una oenegé en Salamanca. ¡Qué suerte tienen los salmantinos!
Al rato de ayudarle con los libros que ha sacado, me dice: "Si quieres llevarte alguno, hazlo". Mi sorpresa recae al encontrarme con un viejo amigo, El Capitán Alatriste. No doy crédito. Esta y otras joyas camino del contenedor. Deshacerte de tus libros en verano es alta traición -pienso-. Al paisano del punto limpio, le digo que me llevo éste, levantándolo con la mano, mientras pienso que todos los héroes mueren. No me presta atención. Me contesta que sin problema, el sigue a lo suyo; guardando libros en cajas para dárselos a su amigo el de la oenegé.

martes, 25 de julio de 2017

LOS BARCOS REGRESAN MAÑANA

Un mar de historias en Zenda 

LOS BARCOS REGRESAN MAÑANA

Al otro lado de los ventanales la oscuridad de la noche todavía estaba presente. El viento parecía haberse calmado un poco. A lo lejos, la negrura del mar se confundía con el cielo, y la silueta del horizonte había desaparecido. Tan solo algunas pequeñas luces, alejadas de la costa, centelleaban débilmente; como a punto de apagarse. Como otras tantas veces en los últimos años, Marie se había asomado a la puerta de la cocina aquella madrugada.
― ¿Cuánto tiempo estaréis fuera esta vez? ―preguntó―.
― Tal vez, veinte o treinta días ―dijo Frank, su marido―. La pesca en el Norte es ahora intensa y hay que aprovechar, ya conoces.
― Estate tranquila mamá―respondió su hijo David―, que ultimaba con el padre las últimas cosas que meter en el petate. No es la primera vez que salimos a faenar tantos días.
― Lo sé ―respondió Marie―. Ven aquí, dame un beso y un abrazo.
Se despidieron en el umbral de la puerta de casa. No salgas ―le dijo Frank―, la noche está fresca. Súbete ya a descansar, no vaya ser que la niña se despierte. Tras un beso, le dijo: ‘Te llamaré para ir contándote’.  Marie los vio alejarse, caminando de espaldas a ella. Siempre tenía la misma sensación; no habían salido, y ya deseaba que estuviesen de vuelta. Camino del puerto, en la alargada cuesta, padre e hijo, se fueron haciendo diminutos hasta que las últimas luces dejaron de iluminarlos y desaparecieron. Al cerrar la puerta de casa, a la entrada, sobre una cómoda, Marie encendió una vela a la Virgen del Carmen.
Fueron pasando los días y Marie, como en otras ocasiones, fue adaptándose a la rutina diaria. Alguna tarde, de vez en cuando, cuando venía de recoger a su hija del colegio, solía parar a merendar en el bar de Lucrecia. Allí saludaba y conversaba con varias amigas antes de volver a casa. Algunas de ellas también tenían a sus maridos pescando en alta mar.
‘¿No sabemos nada aún?’ ―preguntó una de ellas―. Hace una semana que no sabemos nada. Desde la última comunicación que tuvieron con la central del puerto, no se ha vuelto a saber de ellos ―dijo otra―. Bueno chicas, no os preocupéis, la última vez que salieron a faenar estuvimos sin noticias de ellos durante quince días, estarán bien. Marie las miraba con la misma sensación de preocupación que ella apreciaba en sus rostros. Todas sabían que por muy grandes que fuesen esos buques congeladores y por muy rudos y fuertes que fueran sus hombres, el mar en esas zonas era un lugar peligroso no exento de riesgos. ‘Dios no quiera que les ocurra nada’ ―contestó la que parecía más joven en el grupo―.
En cierta forma, todas tenían muy presente la tragedia que ocurrió al buque de pesca Zadjwa en el Atlántico Norte. ‘Anda, ―respondió Marie― no seas gafe, es mejor no pensar en esas cosas’. La televisión del bar estaba encendida y anunciaba la previsión meteorológica de los próximos días. Tras los cristales del bar, Marie miraba el cielo. Podía ver como éste se iba cargando de nubes con mayor intensidad. Para la costa oeste se anunciaba de un fuerte temporal y mar gruesa.
De noche, ya en su casa, justo después de recoger y acostar a su hija, Marie pasó al salón para sentarse a leer un rato antes de irse a dormir. ‘Otra vez esta asquerosa lluvia’ ―pensó―. Había empezado a llover y en los cristales de las ventanas, las gotas de lluvia hacían su presencia golpeando con un vivo repiqueteo. En un instante, recordó las serenas palabras de Frank; ‘Te llamaré para ir contándote’. Marie guardó por un momento esta conversación, quizá para calmarse, o tal vez, para pensar en que Frank, siempre había prometido llamarla y como en otras ocasiones, él nunca lo había hecho. Era como lanzar palabras al viento, quién sabe si con el propósito de mantener como real el único recuerdo de ese adiós con la mirada clavada en sus ojos. Siempre igual ―pensó engañada―.
Pasaron diez días desde la última merienda en el bar de Lucrecia, y una tarde, estando Marie en casa, sonó el teléfono. Solo lo hizo durante breves segundos, para luego quedar en absoluto silencio. Marie había oído la llamada, pero cuando fue a descolgar, el teléfono ya estaba en silencio. Afuera, la tarde se había despejado. Desde el jardín de la casa podían oírse los graznidos de las gaviotas y las bocinas de algunos barcos, que a lo lejos, entraban o salían del puerto. Al cabo de un rato, volvió a sonar el teléfono. Esta vez sí le dio tiempo a descolgarlo. Era la voz de Sofía, una de las amigas.
― Tengo noticias de Juan, mi novio. Se le oía muy mal, pero me ha dicho que en el barco están todos bien. Tuvieron un fuerte temporal y parte de las comunicaciones se les vinieron abajo’―.
― ¡Gracias a Dios que están todos bien! ― contestó Marie―. ‘¿Te ha dicho cuándo vuelven?’.
―Sí. Me ha dicho que si todo va bien, los barcos regresan mañana y que en cinco días, podrían estar entrando por la bocana del puerto.

lunes, 24 de abril de 2017

ROBINSON





ROBINSON


Me llamo Adam Carter, soy de Hope Cove, al sur de Thurlestone, Inglaterra. Mi padre y mi abuelo, eran marinos, como mi bisabuelo y su padre, mi tatarabuelo…
Así comenzaba una novela que leí hace poco. Su novel escritor, se llamaba John Porter. Eso me hizo recordar que en cierta ocasión, mi abuelo me contó que a un amigo suyo, llamado Gerard y a su hijo Jean, se los tragó un temporal y acabó con sus vidas. Hay historias que jamás se separan de uno toda vez que las ha conocido o vivido, también en cierta forma, pero no ya del todo como propias, cuando uno las ha oído o se las han contado otros. Siempre, las que uno ha vivido, esas, te acompañan y el tiempo, a veces, las va modulando, como lo hace el mar con los acantilados, hasta forjarlas más difusas, quizá veladas, tal vez incluso, para borrarlas temporalmente. Sin embargo, las otras, las que han sido contadas u oídas, esas, permanecen inalterables tal y como te las contaron o las oíste. Como si ese mar no las hubiese tocado, ni erosionado. Como si el tiempo no hubiese pasado por ellas y tal vez, quisiera parecer que hubiesen ocurrido ayer, para no ser olvidadas nunca, ni ser alteradas por quien las oye.
Así es como algunas conversaciones se mantienen en el tiempo inalteradas para quien las escucha y vuelven a ser recordadas pasados los años. Como yo recordaba, o quiero escribir ahora a propósito de ciertos libros leídos o vistos en la infancia.
¿Un libro? Mejor llévate dos o tres, o los que tú quieras. A tu edad puedes leer tanto como desees. La única condición que te pondré para que puedas llevártelos, es que una vez los hayas leído, vengas a verme y hablemos de ello. Eso, permitirá que puedas llevarte otros.
Esa fue la respuesta de mi abuelo cuando le pregunté acerca de si me prestaba un Robinson Crusoe de Ramón Sopena que había visto en su Biblioteca. Tendría yo diez años por entonces y aquella portada me había apasionado. Un hombre caminaba sosteniendo en su mano derecha un paraguas para protegerse del sol, mientras conversaba caminando con un hermoso perro. En la espalda llevaba una cesta y en el hombro, colgada, una escopeta. En la cintura una pistola y a un lado, una especie de serrucho, con dos bolsas anudadas. La imagen del perro era de auténtica empatía con su amo. La mirada, hacia arriba, me indicaba su plena atención y obediencia, como entendiendo todas las palabras de la conversación. La escena se desarrollaba con el mar como fondo y la frondosa vegetación de lo que podría ser una isla.
 Más tarde descubriría que el mar, siempre el mar, estaría presente en la vida de este muchacho; como ya prácticamente lo sería años después en mi vida de joven lector y antes lo había sido en la de mi abuelo y también mi padre, así como con posterioridad a los catorce años, lo supe de Gerard, su hijo, y otros tantos marineros que sobrevivieron o murieron en el mar.
 A los once años un niño tiene una imaginación prodigiosa y esa manera de ver a Robinson persiguiendo sus sueños para convertirse en marino, me hizo ver o creer, que el mismo sueño, al poco tiempo, le traería su desgracia. Después vinieron otras lecturas, otras interpretaciones, porque desde aquel día en la biblioteca de mi abuelo también fueron incorporándose a un mi mundo exclusivo, un sinfín de aventuras (La Isla Misteriosa, Los Tres Mosqueteros, Miguel Strogoff, El Corsario Negro, Sandokán, Viaje al Centro de la Tierra, etc.). Ese mundo único, en el que yo era testigo de lo que ocurría y lo que podía imaginar de la mano de Robinson, me hizo creer siempre en que todos aquellos marinos náufragos que desaparecían y que por una u otra razón perdían su rumbo y sus barcos en el mar, terminarían siempre en una isla donde sobrevivir como el héroe de mi primera novela de aventuras. Así se lo contaba yo a mi abuelo, mucho antes de entender la vida como tragedia y sin saber todavía nada del mar, ni de la vida en general. Como queriendo dejar claro que prefería confesar esa idea de salvación para mis héroes y no dejarlos que se murieran ahogados en el mar, sin ninguna esperanza. Así se lo decía yo a mi abuelo, como años más tarde el me contaría lo de su amigo Gerard y su hijo, para que no fuese inalterada la idea de poner a salvo a mis héroes, dándoles una tierra a la que llegar. Ya de mayor descubrí que frente a las adversidades, no había que temer las ausencias. Que frente a tus sueños, si querías conseguirlos, debías luchar por ti mismo, recordando eso, lo frágil que es la vida y lo que nos hace más fuertes, quizá más sinceros, o tal vez, más valientes.

viernes, 17 de febrero de 2017

La Promesa


La Promesa


Hace ya algunos años que aquel hombre me contó su historia. Se llamaba John Landvik. Después, ya nunca la olvidé. En verdad resulta asombroso, quizá excepcional, ver como el tiempo modula nuestra existencia y la va concretando en pequeñas imágenes que resultan ser eso, fotogramas llenos de vida. Momentos vencidos de casualidades, de pasiones, de tristezas, de confesiones, en definitiva, de amor.

Por aquel entonces, mi trabajo consistía en mirar y captar con fotografías los Faros del paisaje marítimo. La empresa editorial para la que trabajaba quería relanzar una nueva guía y para eso, necesitaba actualizar su obsoleto archivo. Eso también incluía a las personas con las que de vez en cuando coincidía. Personas que casi siempre, por una u otra razón, accedían con interés a visitar los Faros costeros y que más tarde, yo elegía para mis propósitos profesionales. En contadas ocasiones solía pedirles, dependiendo de la hora y la composición del lugar, que posaran para la foto. Algunos ponían cara de preguntar para qué y les explicaba que eran imágenes para una guía de turismo, siempre como algo anónimo. Algunas aceptaban y accedían al encargo. Sin embargo, otras, a cambio me pedían dinero y claro está, yo no aceptaba, prefería esperar o sacar las imágenes sin ellas.

Corría el mes de abril cuando conocí a John Landvik. Fue en el Faro del Albir. Aquel día había subido algo más temprano de lo habitual. El día apuntaba despejado. Me gustaba contemplar los paisajes con las primeras luces, ya desde arriba. La subida al faro, no era exigente. Desde el pueblo, a un paso normal, en poco más o menos de una hora de marcha estaría en la base del Faro. Recuerdo la mañana fresca y con una brisa húmeda, haciendo que la sensación térmica fuese mucho menor. De vez en cuando, el camino me permitía ver tramos del horizonte pegados al mar. A medida que ganaba altura, podía ver ya algunos barcos navegando en dirección Sur a la isla de Tabarca. Éste, como otros, resulto ser un paisaje fascinante. Percibía los vertiginosos y aéreos acantilados que con más de trescientos metros, caían cortantes al vacío. Desde lo alto, el cielo cambiaba del magenta al anaranjado con una intensa tonalidad. Cuando llegué arriba para asomarme a la baranda del mirador, me encontré con la única persona que había en el lugar. Llevaba en las manos un ramo de flores. Nos saludamos. El hombre tenía el pelo cano. Me fijé en sus ojos claros, de color azul y en su barba dispersa, nívea. Su acento me hizo situarlo en Europa, muy al norte. Calculé su edad en unos setenta y cinco años. Su cuerpo admitía una antigua complexión atlética y sus manos, fuertes, estaban teñidas de moreno por el sol.

―Buen día ―le dije―. Maravillosas vistas, ¿verdad?

―Buenos días. Y que lo diga. Formidables ―contestó―.

Durante un rato, ambos guardamos silencio mientras contemplábamos el viejo Mediterráneo.

― ¿Qué le trae por aquí? No es frecuente a estas horas encontrarse a nadie ―pregunté―.

―Bueno, es una larga historia de contar. Desde luego, mi visita a este lugar seguro que no tiene relación con lo que Vd. viene a hacer aquí, lo digo por el aparataje que trae. ―contestó―.

―Seguro que no. Soy fotógrafo. ―le dije―. Ahora me dedico a fotografiar Faros para una editorial. ¿Y Vd.? ¿Qué hace con esas flores?

―Hace muchos años que subo a este lugar. Ahora, desde que murió mi mujer, subo una vez al año. Las flores se las traigo a ella, en recuerdo―.

―Lo siento mucho―dije―. El hombre miraba el mar con atenta lentitud, como con cierta nostalgia.

―Hoy me ve Vd. aquí, por pura casualidad de la vida―dijo―. En realidad, llevo subiendo todos los días 14 de febrero desde hace diez años, el tiempo que hace que murió mi mujer. Pero este año me puse enfermo y no pude. Hace poco que he salido del hospital. Ya ve, así son las cosas cuando uno va envejeciendo―.

―Tiene Vd. buen aspecto ―dije―. Me miró y me sonrió, como dándome las gracias. ¿Por qué este lugar y todos los 14 de febrero?  ―le pregunté―.

―En este lugar, hace treinta y ocho años, conocí a la que más tarde se convertiría en mi esposa ―contestó―. De alguna manera, aquí nos juramos amor eterno. Para mí resultó ser la promesa más auténtica de mi vida. Casualidad fue, que a pesar de que el 14 de febrero se celebrara San Valentín, ese era el día en que nació mi mujer, su cumpleaños―.

―Hermosa coincidencia ―dije―.

―Sí. En cierta forma, todas las fechas tienen siempre alguna coincidencia en las cosas de la vida. Cuando vinimos a vivir a esta zona, con el buen tiempo, nos gustaba subir hasta aquí dando un paseo desde el pueblo y recordar otras épocas. A ella le gustaba este lugar―.

―Sí. Es un hermoso lugar. Mi nombre es Roberto, no se lo he dicho. ¿Le importaría que le fotografiase junto al Faro para incluir esta imagen en mi guía? Para mí sería un placer. ―dije―.

―Oh! Por supuesto, no tengo inconveniente. Tampoco yo me presenté, me llamo John Landvik. ¿Dónde quiere que me ponga?

Aquel día, fotografié con mi 28mm a John Landvik. Le pedí que apoyara sus manos en la baranda, en una de ellas sostenía el ramito de flores. Mirando al mar, erguido, un poco separado del pequeño corredor, justo con el Faro a un lado, detrás. Le tomé su dirección para enviarle una copia en cuanto dispusiera de ella. Desde entonces, yo no he vuelto por aquel lugar. Nunca tuve más noticias, ni siquiera sé si aún vive. Ahora con los años, cada vez que visito un Faro o subo a cierta altura para visitar el mar, siempre me viene al recuerdo o lo imagino caminando con sus flores para cumplir su promesa.

viernes, 30 de diciembre de 2016

El Puente


Los chicos del lugar volvían de jugar cerca del puente de piedra. Siempre bromeando, con carreras y empujones, al grito de quién llegaba antes. Otras veces, clamando con un ruido comparado al de una bandada de cornejas pasando por la cruz del campanario.
En la plaza, cerca de la iglesia, y sentado bajo la sombra de un olmo, estaba Germán Palacios. Germán Palacios era el más viejo del lugar. Cumpliría esa Navidad ochenta y nueve años, tenía los ojos alegres, las manos temblorosas y el pelo blanco. De pequeño fue cabrero; de joven, soldado en África. Más tarde, cultivó una pequeña parte de las tierras que heredó de sus padres, y cuando las fuerzas le empezaron a flaquear, se dispuso a esperar la muerte, a la que nunca deseaba, ni temía. Nadie en el pueblo contaba historias como Germán, ni traía a cuento de manera tan oportuna refranes o graciosos chascarrillos.
Los chicos, al verlo, aceleraron su paso, y cuando llegaron a la plaza por el camino del puente, le pidieron que les contase una historia antes de volver a sus casas, pues, no faltaba mucho para que la noche cayera sobre el pueblo.
Germán Palacios, se echó a reír mientras escuchaba su petición. Los chicos se sentaron en círculo, y al rato, el anciano comenzó a decirles:
―Aunque recuerdo muchas historias, hoy no os contaré ninguna, pues la tarde está avanzada y no tendría tiempo de contaros lo que guardan. Lo que si haré, es daros un consejo.
― ¡Un consejo! ―dijeron los chicos, algo desabridos―. Nosotros no queremos consejos, queremos que nos cuente alguna de esas historias, como la del camino del puente de piedra.
―Cualquier día os cogerá la noche en aquel lugar. ―contestó Germán Palacios―.
                Germán Palacios dijo estas palabras con una voz tan repleta de misterio, que los chicos abrieron los ojos atemorizados para mirarlo, y, con mezcla de curiosidad y guasa, le dijeron:
                ― ¿Qué ocurre con la noche en aquel lugar? ¿Lo dice por los lobos?
                ―Cuando la sierra de Guadarrama se viste de nieve, los lobos, expulsados de sus escondrijos, bajan en tropeles por sus laderas, y más de una vez los hemos oído aullar en bullicioso concierto entorno al puente de piedra, incluso en las mismas calles del pueblo; pero no son los lobos lo más temible de este lugar. En las profundidades de esta montaña, viven unos espíritus diabólicos que durante la noche bajan a escondidas por los llanos, y saltando de pedrusco en pedrusco, llegan hasta las desnudas ramas de los árboles del puente de piedra, y allí, esperando la noche, se deslizan sobre sus aguas.
Tras la guerra, muchos espíritus se refugiaron en las cumbres de esta sierra y a nuestros ojos se envuelven de formas variadas. Los más peligrosos, sin embargo, los que confunden con susurros y preciosas palabras a los chicos como vosotros, son los llamados duendes negros. Estos duendes son oscuros, conocen los caminos profundos y, como inmortales avaros de los tesoros que encierran, están siempre ahí, velando día y noche junto a los manantiales de los metales y piedras preciosas. ¿Veis ―dijo el anciano, señalando con el bastón que le servía de sostén, la cumbre del Guadarrama, que a su derecha se levantaba oscura y enorme tapando el cárdeno cielo―, veis esa gigantesca mole de nieve? Pues en su mismo corazón tienen su morada esos diabólicos seres. Su refugio es horrible y majestuoso a la vez.
― Hace muchos años un mayoral, siguiendo el rastro de una ternera perdida, entró en una de estas cavidades cuyas entradas están cubiertas de espesos matorrales y con final desconocido. Este vaquero empalideció como la muerte, al revelar el secreto de estos malignos espíritus, había respirado su envenenado espacio y pagó su atrevimiento con la vida; pero antes de morir relató sucesos asombrosos. Andando por aquel lugar, encontró largos subterráneos iluminados por rocas de grandes pedazos de cristal condensados en millones de formas inconstantes y raras. Las bóvedas y las paredes de aquel lugar, parecían coloreados como los jaspes más finos. Allí había rubíes y diamantes, oro y plata atravesando las galerías. El silencio en aquel lugar era absoluto, tan solo un murmullo de aguas ausentes. Perdido en aquel lugar, anduvo durante horas sin encontrar por donde salir. Disimulados en aquella frondosidad había seres extraños, mezcla de hombres y reptiles, deformados, que de un lado a otro, se movían o se encaramaban a las paredes. Contó el vaquero que los vio contando sus inventadas riquezas. Ellos conocían el lugar en donde se perdían las monedas que otros no encuentran, las joyas de nuestros antepasados, olvidadas y ocultas como antiguos tesoros. Allí, todo brillaba haciendo saltar chispas y reflejos, como un sueño ardiente.
Al llegar aquí, Germán Palacios se detuvo. Los chicos, en profundo silencio, le miraron expectantes.  Al rato, uno de ellos le preguntó;
― ¿Y el pastor no cogió nada?
― Nada ―respondió Germán Palacios.
― ¡Que idiota! ―dijeron los demás.
―Las campanas de la Iglesia de San Miguel ―continuó el anciano―, fueron las que le salvaron, pues cuando tenía a su alcance suficientes joyas como para que la avaricia disipara su miedo, y a pesar de los sonidos subterráneos, las voces de los espíritus, los sonidos de las aguas subterráneas y los lamentos del aire, oyó el clamor de las campanas de nuestra iglesia. Arrodillado, invocó clemencia a su Virgen y sin saber cómo, se encontró fuera de aquellos lugares, tumbado con gran letargo en la senda que conduce al pueblo, en el puente de piedra. En ese lugar, llegada la noche, a veces se oyen palabras confusas, engañosas, que los espíritus vician intentando seducir a los incautos que creen en las promesas de tesoros.
Cuando Germán Palacios dio fin a su historia, ya la noche había entrado y la campana de la iglesia empezó a sonar. Los chicos se levantaron y al despedirse de Germán Palacios, éste les aconsejó que no anduvieran de noche en el camino del puente por ser traicionero.