lunes, 24 de abril de 2017

ROBINSON





ROBINSON


Me llamo Adam Carter, soy de Hope Cove, al sur de Thurlestone, Inglaterra. Mi padre y mi abuelo, eran marinos, como mi bisabuelo y su padre, mi tatarabuelo…
Así comenzaba una novela que leí hace poco. Su novel escritor, se llamaba John Porter. Eso me hizo recordar que en cierta ocasión, mi abuelo me contó que a un amigo suyo, llamado Gerard y a su hijo Jean, se los tragó un temporal y acabó con sus vidas. Hay historias que jamás se separan de uno toda vez que las ha conocido o vivido, también en cierta forma, pero no ya del todo como propias, cuando uno las ha oído o se las han contado otros. Siempre, las que uno ha vivido, esas, te acompañan y el tiempo, a veces, las va modulando, como lo hace el mar con los acantilados, hasta forjarlas más difusas, quizá veladas, tal vez incluso, para borrarlas temporalmente. Sin embargo, las otras, las que han sido contadas u oídas, esas, permanecen inalterables tal y como te las contaron o las oíste. Como si ese mar no las hubiese tocado, ni erosionado. Como si el tiempo no hubiese pasado por ellas y tal vez, quisiera parecer que hubiesen ocurrido ayer, para no ser olvidadas nunca, ni ser alteradas por quien las oye.
Así es como algunas conversaciones se mantienen en el tiempo inalteradas para quien las escucha y vuelven a ser recordadas pasados los años. Como yo recordaba, o quiero escribir ahora a propósito de ciertos libros leídos o vistos en la infancia.
¿Un libro? Mejor llévate dos o tres, o los que tú quieras. A tu edad puedes leer tanto como desees. La única condición que te pondré para que puedas llevártelos, es que una vez los hayas leído, vengas a verme y hablemos de ello. Eso, permitirá que puedas llevarte otros.
Esa fue la respuesta de mi abuelo cuando le pregunté acerca de si me prestaba un Robinson Crusoe de Ramón Sopena que había visto en su Biblioteca. Tendría yo diez años por entonces y aquella portada me había apasionado. Un hombre caminaba sosteniendo en su mano derecha un paraguas para protegerse del sol, mientras conversaba caminando con un hermoso perro. En la espalda llevaba una cesta y en el hombro, colgada, una escopeta. En la cintura una pistola y a un lado, una especie de serrucho, con dos bolsas anudadas. La imagen del perro era de auténtica empatía con su amo. La mirada, hacia arriba, me indicaba su plena atención y obediencia, como entendiendo todas las palabras de la conversación. La escena se desarrollaba con el mar como fondo y la frondosa vegetación de lo que podría ser una isla.
 Más tarde descubriría que el mar, siempre el mar, estaría presente en la vida de este muchacho; como ya prácticamente lo sería años después en mi vida de joven lector y antes lo había sido en la de mi abuelo y también mi padre, así como con posterioridad a los catorce años, lo supe de Gerard, su hijo, y otros tantos marineros que sobrevivieron o murieron en el mar.
 A los once años un niño tiene una imaginación prodigiosa y esa manera de ver a Robinson persiguiendo sus sueños para convertirse en marino, me hizo ver o creer, que el mismo sueño, al poco tiempo, le traería su desgracia. Después vinieron otras lecturas, otras interpretaciones, porque desde aquel día en la biblioteca de mi abuelo también fueron incorporándose a un mi mundo exclusivo, un sinfín de aventuras (La Isla Misteriosa, Los Tres Mosqueteros, Miguel Strogoff, El Corsario Negro, Sandokán, Viaje al Centro de la Tierra, etc.). Ese mundo único, en el que yo era testigo de lo que ocurría y lo que podía imaginar de la mano de Robinson, me hizo creer siempre en que todos aquellos marinos náufragos que desaparecían y que por una u otra razón perdían su rumbo y sus barcos en el mar, terminarían siempre en una isla donde sobrevivir como el héroe de mi primera novela de aventuras. Así se lo contaba yo a mi abuelo, mucho antes de entender la vida como tragedia y sin saber todavía nada del mar, ni de la vida en general. Como queriendo dejar claro que prefería confesar esa idea de salvación para mis héroes y no dejarlos que se murieran ahogados en el mar, sin ninguna esperanza. Así se lo decía yo a mi abuelo, como años más tarde el me contaría lo de su amigo Gerard y su hijo, para que no fuese inalterada la idea de poner a salvo a mis héroes, dándoles una tierra a la que llegar. Ya de mayor descubrí que frente a las adversidades, no había que temer las ausencias. Que frente a tus sueños, si querías conseguirlos, debías luchar por ti mismo, recordando eso, lo frágil que es la vida y lo que nos hace más fuertes, quizá más sinceros, o tal vez, más valientes.

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