viernes, 17 de febrero de 2017

La Promesa


La Promesa


Hace ya algunos años que aquel hombre me contó su historia. Se llamaba John Landvik. Después, ya nunca la olvidé. En verdad resulta asombroso, quizá excepcional, ver como el tiempo modula nuestra existencia y la va concretando en pequeñas imágenes que resultan ser eso, fotogramas llenos de vida. Momentos vencidos de casualidades, de pasiones, de tristezas, de confesiones, en definitiva, de amor.

Por aquel entonces, mi trabajo consistía en mirar y captar con fotografías los Faros del paisaje marítimo. La empresa editorial para la que trabajaba quería relanzar una nueva guía y para eso, necesitaba actualizar su obsoleto archivo. Eso también incluía a las personas con las que de vez en cuando coincidía. Personas que casi siempre, por una u otra razón, accedían con interés a visitar los Faros costeros y que más tarde, yo elegía para mis propósitos profesionales. En contadas ocasiones solía pedirles, dependiendo de la hora y la composición del lugar, que posaran para la foto. Algunos ponían cara de preguntar para qué y les explicaba que eran imágenes para una guía de turismo, siempre como algo anónimo. Algunas aceptaban y accedían al encargo. Sin embargo, otras, a cambio me pedían dinero y claro está, yo no aceptaba, prefería esperar o sacar las imágenes sin ellas.

Corría el mes de abril cuando conocí a John Landvik. Fue en el Faro del Albir. Aquel día había subido algo más temprano de lo habitual. El día apuntaba despejado. Me gustaba contemplar los paisajes con las primeras luces, ya desde arriba. La subida al faro, no era exigente. Desde el pueblo, a un paso normal, en poco más o menos de una hora de marcha estaría en la base del Faro. Recuerdo la mañana fresca y con una brisa húmeda, haciendo que la sensación térmica fuese mucho menor. De vez en cuando, el camino me permitía ver tramos del horizonte pegados al mar. A medida que ganaba altura, podía ver ya algunos barcos navegando en dirección Sur a la isla de Tabarca. Éste, como otros, resulto ser un paisaje fascinante. Percibía los vertiginosos y aéreos acantilados que con más de trescientos metros, caían cortantes al vacío. Desde lo alto, el cielo cambiaba del magenta al anaranjado con una intensa tonalidad. Cuando llegué arriba para asomarme a la baranda del mirador, me encontré con la única persona que había en el lugar. Llevaba en las manos un ramo de flores. Nos saludamos. El hombre tenía el pelo cano. Me fijé en sus ojos claros, de color azul y en su barba dispersa, nívea. Su acento me hizo situarlo en Europa, muy al norte. Calculé su edad en unos setenta y cinco años. Su cuerpo admitía una antigua complexión atlética y sus manos, fuertes, estaban teñidas de moreno por el sol.

―Buen día ―le dije―. Maravillosas vistas, ¿verdad?

―Buenos días. Y que lo diga. Formidables ―contestó―.

Durante un rato, ambos guardamos silencio mientras contemplábamos el viejo Mediterráneo.

― ¿Qué le trae por aquí? No es frecuente a estas horas encontrarse a nadie ―pregunté―.

―Bueno, es una larga historia de contar. Desde luego, mi visita a este lugar seguro que no tiene relación con lo que Vd. viene a hacer aquí, lo digo por el aparataje que trae. ―contestó―.

―Seguro que no. Soy fotógrafo. ―le dije―. Ahora me dedico a fotografiar Faros para una editorial. ¿Y Vd.? ¿Qué hace con esas flores?

―Hace muchos años que subo a este lugar. Ahora, desde que murió mi mujer, subo una vez al año. Las flores se las traigo a ella, en recuerdo―.

―Lo siento mucho―dije―. El hombre miraba el mar con atenta lentitud, como con cierta nostalgia.

―Hoy me ve Vd. aquí, por pura casualidad de la vida―dijo―. En realidad, llevo subiendo todos los días 14 de febrero desde hace diez años, el tiempo que hace que murió mi mujer. Pero este año me puse enfermo y no pude. Hace poco que he salido del hospital. Ya ve, así son las cosas cuando uno va envejeciendo―.

―Tiene Vd. buen aspecto ―dije―. Me miró y me sonrió, como dándome las gracias. ¿Por qué este lugar y todos los 14 de febrero?  ―le pregunté―.

―En este lugar, hace treinta y ocho años, conocí a la que más tarde se convertiría en mi esposa ―contestó―. De alguna manera, aquí nos juramos amor eterno. Para mí resultó ser la promesa más auténtica de mi vida. Casualidad fue, que a pesar de que el 14 de febrero se celebrara San Valentín, ese era el día en que nació mi mujer, su cumpleaños―.

―Hermosa coincidencia ―dije―.

―Sí. En cierta forma, todas las fechas tienen siempre alguna coincidencia en las cosas de la vida. Cuando vinimos a vivir a esta zona, con el buen tiempo, nos gustaba subir hasta aquí dando un paseo desde el pueblo y recordar otras épocas. A ella le gustaba este lugar―.

―Sí. Es un hermoso lugar. Mi nombre es Roberto, no se lo he dicho. ¿Le importaría que le fotografiase junto al Faro para incluir esta imagen en mi guía? Para mí sería un placer. ―dije―.

―Oh! Por supuesto, no tengo inconveniente. Tampoco yo me presenté, me llamo John Landvik. ¿Dónde quiere que me ponga?

Aquel día, fotografié con mi 28mm a John Landvik. Le pedí que apoyara sus manos en la baranda, en una de ellas sostenía el ramito de flores. Mirando al mar, erguido, un poco separado del pequeño corredor, justo con el Faro a un lado, detrás. Le tomé su dirección para enviarle una copia en cuanto dispusiera de ella. Desde entonces, yo no he vuelto por aquel lugar. Nunca tuve más noticias, ni siquiera sé si aún vive. Ahora con los años, cada vez que visito un Faro o subo a cierta altura para visitar el mar, siempre me viene al recuerdo o lo imagino caminando con sus flores para cumplir su promesa.

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