domingo, 11 de junio de 2017

LOS BARCOS REGRESAN MAÑANA




 LOS BARCOS REGRESAN MAÑANA

Al otro lado de los ventanales la oscuridad de la noche todavía estaba presente. El viento parecía haberse calmado un poco. A lo lejos, la negrura del mar se confundía con el cielo, y la silueta del horizonte había desaparecido. Tan solo algunas pequeñas luces, alejadas de la costa, centelleaban débilmente; como a punto de apagarse. Como otras tantas veces en los últimos años, Marie se había asomado a la puerta de la cocina aquella madrugada.
― ¿Cuánto tiempo estaréis fuera esta vez? ―preguntó―.
― Tal vez, veinte o treinta días ―dijo Frank, su marido―. La pesca en el Norte es ahora intensa y hay que aprovechar, ya conoces.
― Estate tranquila mamá―respondió su hijo David―, que ultimaba con el padre las últimas cosas que meter en el petate. No es la primera vez que salimos a faenar tantos días.
― Lo sé ―respondió Marie―. Ven aquí, dame un beso y un abrazo.
Se despidieron en el umbral de la puerta de casa. No salgas ―le dijo Frank―, la noche está fresca. Súbete ya a descansar, no vaya ser que la niña se despierte. Tras un beso, le dijo: ‘Te llamaré para ir contándote’.  Marie los vio alejarse, caminando de espaldas a ella. Siempre tenía la misma sensación; no habían salido, y ya deseaba que estuviesen de vuelta. Camino del puerto, en la alargada cuesta, padre e hijo, se fueron haciendo diminutos hasta que las últimas luces dejaron de iluminarlos y desaparecieron. Al cerrar la puerta de casa, a la entrada, sobre una cómoda, Marie encendió una vela a la Virgen del Carmen.
Fueron pasando los días y Marie, como en otras ocasiones, fue adaptándose a la rutina diaria. Alguna tarde, de vez en cuando, cuando venía de recoger a su hija del colegio, solía parar a merendar en el bar de Lucrecia. Allí saludaba y conversaba con varias amigas antes de volver a casa. Algunas de ellas también tenían a sus maridos pescando en alta mar.
‘¿No sabemos nada aún?’ ―preguntó una de ellas―. Hace una semana que no sabemos nada. Desde la última comunicación que tuvieron con la central del puerto, no se ha vuelto a saber de ellos ―dijo otra―. Bueno chicas, no os preocupéis, la última vez que salieron a faenar estuvimos sin noticias de ellos durante quince días, estarán bien. Marie las miraba con la misma sensación de preocupación que ella apreciaba en sus rostros. Todas sabían que por muy grandes que fuesen esos buques congeladores y por muy rudos y fuertes que fueran sus hombres, el mar en esas zonas era un lugar peligroso no exento de riesgos. ‘Dios no quiera que les ocurra nada’ ―contestó la que parecía más joven en el grupo―.
En cierta forma, todas tenían muy presente desde hacía cuatro meses la tragedia que acaeció al buque de pesca Zadjwa en el Atlántico Norte. ‘Anda, ―respondió Marie― no seas gafe, es mejor no pensar en esas cosas’. La televisión del bar estaba encendida y anunciaba la previsión meteorológica de los próximos días. Tras los cristales del bar, Marie miraba el cielo. Podía ver como éste se iba cargando de nubes con mayor intensidad. Para la costa oeste se anunciaba de un fuerte temporal y mar gruesa.
De noche, ya en su casa, justo después de recoger y acostar a su hija, Marie pasó al salón para sentarse a leer un rato antes de irse a dormir. ‘Otra vez esta asquerosa lluvia’ ―pensó―. Había empezado a llover y en los cristales de las ventanas, las gotas de lluvia hacían su presencia golpeando con un vivo repiqueteo. En solo un instante, recordó las serenas palabras de Frank; ‘Te llamaré para ir contándote’. Marie mantuvo por un momento esta conversación consigo misma, quizá para calmarse, o tal vez, para pensar en que siempre había ocurrido lo mismo. Escucharse a sí misma, repitiendo las palabras de Frank, era como reafirmar la conversación de hacía dos semanas. Pues sabía, como en otras ocasiones, que él había prometido llamarla y casi nunca lo había hecho. Era como lanzar palabras al viento, quién sabe si con el propósito de mantener como real el único recuerdo de ese adiós con la mirada clavada en sus ojos. Siempre igual ―pensó engañada―.
Pasaron diez días desde la última merienda en el bar de Lucrecia, y una tarde, estando Marie en casa, sonó el teléfono. Solo lo hizo durante breves segundos, para luego quedar en absoluto silencio. Marie había oído la llamada, pero cuando fue a descolgar, el teléfono ya estaba en silencio. Afuera, la tarde se había despejado. Desde el jardín de la casa podían oírse los graznidos de las gaviotas y las bocinas de algunos barcos, que a lo lejos, entraban o salían del puerto. Al cabo de un rato, volvió a sonar el teléfono. Esta vez sí le dio tiempo a descolgarlo. Era Sofía, una de las amigas.
― Tengo noticias de Juan, mi novio. Se le oía muy mal, pero me ha dicho que en el barco están todos bien. Tuvieron un fuerte temporal y parte de las comunicaciones se les vinieron abajo’―.
― ¡Gracias a Dios que están todos bien! ― contestó Marie―. ‘¿Te ha dicho cuándo vuelven?’.
―Sí. Me ha dicho que si todo va bien, los barcos regresan mañana y que en cinco días, podrían estar entrando por la bocana del puerto.

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