viernes, 30 de diciembre de 2016

El Puente


Los chicos del lugar volvían de jugar cerca del puente de piedra. Siempre bromeando, con carreras y empujones, al grito de quién llegaba antes. Otras veces, clamando con un ruido comparado al de una bandada de cornejas pasando por la cruz del campanario.
En la plaza, cerca de la iglesia, y sentado bajo la sombra de un olmo, estaba Germán Palacios. Germán Palacios era el más viejo del lugar. Cumpliría esa Navidad ochenta y nueve años, tenía los ojos alegres, las manos temblorosas y el pelo blanco. De pequeño fue cabrero; de joven, soldado en África. Más tarde, cultivó una pequeña parte de las tierras que heredó de sus padres, y cuando las fuerzas le empezaron a flaquear, se dispuso a esperar la muerte, a la que nunca deseaba, ni temía. Nadie en el pueblo contaba historias como Germán, ni traía a cuento de manera tan oportuna refranes o graciosos chascarrillos.
Los chicos, al verlo, aceleraron su paso, y cuando llegaron a la plaza por el camino del puente, le pidieron que les contase una historia antes de volver a sus casas, pues, no faltaba mucho para que la noche cayera sobre el pueblo.
Germán Palacios, se echó a reír mientras escuchaba su petición. Los chicos se sentaron en círculo, y al rato, el anciano comenzó a decirles:
―Aunque recuerdo muchas historias, hoy no os contaré ninguna, pues la tarde está avanzada y no tendría tiempo de contaros lo que guardan. Lo que si haré, es daros un consejo.
― ¡Un consejo! ―dijeron los chicos, algo desabridos―. Nosotros no queremos consejos, queremos que nos cuente alguna de esas historias, como la del camino del puente de piedra.
―Cualquier día os cogerá la noche en aquel lugar. ―contestó Germán Palacios―.
                Germán Palacios dijo estas palabras con una voz tan repleta de misterio, que los chicos abrieron los ojos atemorizados para mirarlo, y, con mezcla de curiosidad y guasa, le dijeron:
                ― ¿Qué ocurre con la noche en aquel lugar? ¿Lo dice por los lobos?
                ―Cuando la sierra de Guadarrama se viste de nieve, los lobos, expulsados de sus escondrijos, bajan en tropeles por sus laderas, y más de una vez los hemos oído aullar en bullicioso concierto entorno al puente de piedra, incluso en las mismas calles del pueblo; pero no son los lobos lo más temible de este lugar. En las profundidades de esta montaña, viven unos espíritus diabólicos que durante la noche bajan a escondidas por los llanos, y saltando de pedrusco en pedrusco, llegan hasta las desnudas ramas de los árboles del puente de piedra, y allí, esperando la noche, se deslizan sobre sus aguas.
Tras la guerra, muchos espíritus se refugiaron en las cumbres de esta sierra y a nuestros ojos se envuelven de formas variadas. Los más peligrosos, sin embargo, los que confunden con susurros y preciosas palabras a los chicos como vosotros, son los llamados duendes negros. Estos duendes son oscuros, conocen los caminos profundos y, como inmortales avaros de los tesoros que encierran, están siempre ahí, velando día y noche junto a los manantiales de los metales y piedras preciosas. ¿Veis ―dijo el anciano, señalando con el bastón que le servía de sostén, la cumbre del Guadarrama, que a su derecha se levantaba oscura y enorme tapando el cárdeno cielo―, veis esa gigantesca mole de nieve? Pues en su mismo corazón tienen su morada esos diabólicos seres. Su refugio es horrible y majestuoso a la vez.
― Hace muchos años un mayoral, siguiendo el rastro de una ternera perdida, entró en una de estas cavidades cuyas entradas están cubiertas de espesos matorrales y con final desconocido. Este vaquero empalideció como la muerte, al revelar el secreto de estos malignos espíritus, había respirado su envenenado espacio y pagó su atrevimiento con la vida; pero antes de morir relató sucesos asombrosos. Andando por aquel lugar, encontró largos subterráneos iluminados por rocas de grandes pedazos de cristal condensados en millones de formas inconstantes y raras. Las bóvedas y las paredes de aquel lugar, parecían coloreados como los jaspes más finos. Allí había rubíes y diamantes, oro y plata atravesando las galerías. El silencio en aquel lugar era absoluto, tan solo un murmullo de aguas ausentes. Perdido en aquel lugar, anduvo durante horas sin encontrar por donde salir. Disimulados en aquella frondosidad había seres extraños, mezcla de hombres y reptiles, deformados, que de un lado a otro, se movían o se encaramaban a las paredes. Contó el vaquero que los vio contando sus inventadas riquezas. Ellos conocían el lugar en donde se perdían las monedas que otros no encuentran, las joyas de nuestros antepasados, olvidadas y ocultas como antiguos tesoros. Allí, todo brillaba haciendo saltar chispas y reflejos, como un sueño ardiente.
Al llegar aquí, Germán Palacios se detuvo. Los chicos, en profundo silencio, le miraron expectantes.  Al rato, uno de ellos le preguntó;
― ¿Y el pastor no cogió nada?
― Nada ―respondió Germán Palacios.
― ¡Que idiota! ―dijeron los demás.
―Las campanas de la Iglesia de San Miguel ―continuó el anciano―, fueron las que le salvaron, pues cuando tenía a su alcance suficientes joyas como para que la avaricia disipara su miedo, y a pesar de los sonidos subterráneos, las voces de los espíritus, los sonidos de las aguas subterráneas y los lamentos del aire, oyó el clamor de las campanas de nuestra iglesia. Arrodillado, invocó clemencia a su Virgen y sin saber cómo, se encontró fuera de aquellos lugares, tumbado con gran letargo en la senda que conduce al pueblo, en el puente de piedra. En ese lugar, llegada la noche, a veces se oyen palabras confusas, engañosas, que los espíritus vician intentando seducir a los incautos que creen en las promesas de tesoros.
Cuando Germán Palacios dio fin a su historia, ya la noche había entrado y la campana de la iglesia empezó a sonar. Los chicos se levantaron y al despedirse de Germán Palacios, éste les aconsejó que no anduvieran de noche en el camino del puente por ser traicionero.


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